domingo, 23 de septiembre de 2012

LOS ÁCIDOS MÁS AMADOS.

Las calles palmeñas están preparadas para teñirse de castaño y pronto las aceras serán cubiertas por hojas muertas que se desintegrarán sumisas bajo las suelas de los jornaleros. Ya empiezan los hombres y las mujeres de mi Palma a mirarse de reojos los unos a los otros y buscan éstos, rabiosos por la injusticia y desesperación, a aquellos que creen enemigos en bancos y plazuelas olvidadas.  

Ciudadanos y ciudadanas de otras nacionalidades se adentran en nuestro país, nuestras comunidades y nuestros pueblos para poder sobrevivir ante un mundo convertido a la globalización y al capitalismo más malvado y deshumanizador que ha existido nunca. Una globalización que ha perdido su rumbo, sus ideales, y se ha sumergido lejos de la igualdad encadenando, a su vez, a la palabra libertad. Una globalización y un capitalismo que alumbrará en los próximos tiempos a un nihilismo existencial y aterrador. Un sistema cada vez más disfrazado bajo la piel de cordero y con alma de lobo; un sistema que derrota a la buena política y al buen hacer para someterse a la tiranía de los mercados. Armas difíciles de derrotar; armas aniquiladora de derechos conseguidos e intrínsecos a la naturaleza humana. 

Ciudadanos de aquí y de allí, ciudadanos del mundo, se hieren con palabras grotescas. Ciudadanos de allí y de aquí llegarán a abofetearse en las mejillas por arrancar a los árboles sus frutos más ácidos de la forma más agria que podamos imaginar. 

Y no! ese no es el camino. Amigos, el enemigo no es el reflejado ante ti, ante mi, que levantará la mano al alzar nosotros la nuestra. No! el enemigo no es el que limpia los mocos a sus hijos con el mismo cariño que lo pudiéramos hacer nosotros. El enemigo es ese! Ése que ayuda a la parte salvaje y desobediente de la globalización y el que se camufla, como un camaleón dañino y egoísta, bajo la palabra mercado. El que tiene el corazón del color de la tierra que le produce tanto bien y, a nosotros, tanto mal. El que contrata a mano de obra barata (ya se vista tu alma de rojo y amarilla, de verde o blanco, de amarillo o azul, o de cualquier otro color), el dinero tiene un único tono. Y, nuestros derechos cada vez más machacados por aquellos que dicen defender la patria están cada vez más oscurecidos.

No, no somos siervos ni esclavos; No, no queremos a señores nobles y feudales. Somos jornaleros y trabajadores, padres, madres y hermanos. Porque todos aquellos que encalla sus manos, hinca sus rodillas flagelando, así, sus riñones y a todos quienes le llora el alma cuando ve el dolor ajeno, muestra su  sangre roja, y hace permanecer su corazón en el centro del pecho inclinado y recostado levemente sobre su pulmón izquierdo. Y es que ni tenemos, ni queremos tener, sangre azul, ni vestirnos de príncipes o princesas,  ni sentarnos a la derecha del Padre ni doblegarnos jamás ante él. 

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